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De productores a importadores de granos: políticas que afectan los intereses nacionales

MESA DE ARTICULACIÓN

Por: MESA DE ARTICULACIÓN

Por Helmer Velásquez, director Ejecutivo de la Coordinación de ONG y Cooperativas, CONGCOOP, publicada el jueves 10 de octubre de 2013.

Guatemala, al haberse alineado –voluntariamente- a la desregulación de los Mercados Agrícolas, Pactos Internacionales de Comercio y alentar la sustitución del uso del suelo, particularmente, maíz por caña de azúcar y Palma aceitera. Abandona, de manera consciente, su privilegiada posición de autonomía alimentaria sostenida por centurias y pasa a depender de mercados y productores externos. Esta riesgosa decisión se regulariza como política de Estado, efectivamente intemporal y celosamente tutelada por las Instituciones Financieras Internacionales de Crédito Público. Esta realidad en el caso del maíz amarillo, utilizado –primordialmente- en la producción de piensos, significó en los últimos años, un altísimo costo de importación; que, como siempre sucede, fue trasladado al consumidor. Como es normal, la medida impactó severamente la economía popular con la elevación de precios en el huevo y el pollo.

Entre los años 2005-2010, el costo del maíz amarillo importado de Estados Unidos de América –principal proveedor- se incrementó exponencialmente. Alza debida a su uso en la producción de etanol, elemento básico en la “guerra” energética. Solamente en la franja de costo atribuible a la demanda de maíz para elaborar etanol el recargo, en el mercado internacional, fue del 25 por ciento. Guatemala, este país pequeño y querido, al que metafóricamente llamamos “país de hombres de maíz” importó, en el mismo período cuatro millones de toneladas del grano, con una diferencia de costo –al alza- de noventa y un millones de dólares USA. Esta apuesta estratégica: cambió en el uso del suelo, Guatemala la fundamenta en la necesidad de generar empleo, argumento recurrente, a cualquier inversión en el país. Sin embargo, para el caso, es una realidad a medias. Este país, cuarto productor mundial de azúcar, genera por esta actividad aproximadamente sesenta mil empleos directos año. La palma aceitera diecisiete mil. El cultivo del maíz multiplica, con mucho aquella cifra; cuatrocientos mil jornales permanentes al año, sin embargo, sin incentivos y con apoyo marginal del Estado, la producción –maicera- se ve gravemente amenazada por la expansión de los monocultivos.

Un agravante a esta política es la conflictividad social que se genera con la producción de cultivos extensivos, entre otros: desarticulación comunitaria y cultural, imbricada con el desplazamiento de comunidades indígenas y campesinas, cuya expulsión se da en el medio de represión militar y policíaca. Este es el caso, de Alta Verapaz, en donde el Valle del Polochic es emblemático. La cuestión es simple: tierra para energía o para la producción de alimentos, no hay equilibrio posible. La tierra no estira.